Desde el principio me mentalicé, y me repetí cien mil veces, como un mantra, que no tenía que implicarme. Que yo allí trabajo, que no vivo, y que mi relación con ellos es meramente profesional. Que hay que disimularla, porque tienen que confiar en mí. Pero al fin y al cabo profesional. Incluso dudé de si eso no era utilizarlos. Porque al fin y al cabo estaba utilizando mis dotes sociales para hacer mi trabajo. Para que hicieran caso, que me hicieran caso sin tener que entrar en conflictos. Pero siempre sabiendo, recordando, teniendo en mente, que todo debía ser una especie de farsa cordial, sin malas intenciones. Algo parecido al teatro. Dar confianza siempre manteniendo el control. Sabiendo que tienes el mango por la sartén, y que la confianza la das porque te viene bien para tus fines. Porque quieres ser agradable, comprensivo, porque quieres darles apoyo y que crean en ti, no porque quieras ser su amigo.
Pero parece que se me ha olvidado, y ahora me veo desde fuera, como si yo no fuera yo, esperando cosas que no debería estar esperando de ellos. He caido en mi trampa, y ahora soy yo el que se ha creido la mentira, y se ha creido que sí significo algo de verdad, que soy algo más que el jefe con el que te llevas bien, que es algo más que confianza y fe.
Cazador cazado.