Dos días en Leipzig, probablemente los dos días de turismo más aburridos que alguien se pueda imaginar. Por diversos factores. Para empezar, que en realidad yo iba a un congreso, y después de seis horas de charlas (y eso que yo recortaba donde podía) pues no le quedaban a uno muchas ganas de irse por ahí a hacer citisightseeing. Para continuar porque mi hotel estaba en Leipgiz Idustriegelände West. Debí haber intuido a qué se refería Industriegelände...
Porque esa es otra. Me pregunto por qué gran parte de mis viajes a sitios empiezan con un pensamiento del tipo "¿Dios mío dónde me he metido?". Porque cuando llegué a Darmstadt, me pasó. Y en Leipzig, también.
Cuando salí del S1 a aquella calle llena de naves industriales yo me quería volver. Sonaba interesante la idea de volverse a Darmstadt, hacer tiempo hasta que llegara Candela e ir a Berlín. Y así escapar de la conferencia, del polígamo industrial oeste de Leipzig y de estar solo (que no sólo) dos días en Berlín hasta que llegase Candela... Pero bueno, ya que estaba allí, a sufrir como un campeón. Llegué al hotel. Que era un fantástico edificio de estos prefabricado situado detrás de una gasolinera. Vamos, que allí es donde se quedan los albañiles. Sin embargo por dentro estaba todo nuevo, con moqueta y baño para mí... y con internet inalámbrica. Mi primer día en Leipzig fue horrible; después de toda la que monté para llegar al hotel (que me costó lo suyo) tenía que agarrar el portátil e irme a la otra punta de la ciudad, para llegar a la universidad.
Pero di la conferencia. Y moló un taco.
Después teníamos una cena, que fue increíblemente aburrida hasta que alguien me preguntó por nuestro proyecto y yo me puse a rajar como un loco - o hablaba yo, o no hablaba nadie. Destrozado, me fui pronto, porque claro, los trenes para el polígamo paran de salir a las once de la noche. En fin. Y mi segundo día en Leipzig...
El turismo sexual mola mil.
Nos (juas) levantamos a las nueve porque yo tenía que regresar al hotel para coger las cosas. Recogí y tuve que correr, porque el S1 se me escapaba y con él mi tren para Berlín. Dior mío, no he corrido más y con más peso en mi vida. En fin, me estaba empezando a acostumbrar...
Berlín estaba a un salto (hora y media, creo), y se me hizo aún más corto porque de correr con las maletas estaba como para acostarme. Llego a Berlín, dejo las maletas en Ostbahnhof, organizo todos mis asuntos (P., Can, dónde dormiré mientras llega Can) y me dirijo a Alexanderplatz a leer Harry Potter. Hay una fiestecilla por ahí con música y mucha gente (estos alemanes te montan una feria en cuanto sale el sol dos días). Me siento en el césped en frente de la Fernseherturm, y de repente oigo al animador de la fiesta gritar con el acentazo alemán de la muerte:
- Los del Río, Macarena!
Y entonces es cuando enciendo el portátil mientras pienso "esto va a Atlantis de cabeza".