Llevo media hora intentando decidir en qué perder el tiempo. Estoy en el laboratorio, que a decir verdad es el sitio más tranquilo que conozco. No tengo ganas de volver a casa, aunque he terminado de trabajar. Supongo que no tengo tan asociado el laboratorio al trabajo como para estar deseando salir de él. O que no odio mi trabajo todo lo que debería como para estar deseando salir del sitio en el que transcurre.
Todo marcha bien, todo se arregla. Pero parece que unas cosas se arreglan y otras se estropean. O al menos eso me dice todo el mundo. Yo sólo veo las cosas que se arreglan, según parece. Y los que me dicen que hay cosas que se estropean no dicen nada. Comentan, dicen, piensan, y me dejan sólo con el título del pensamiento. Y cuando pregunto contestan que si es lo suficientemente importante, ya me enteraré en su momento. "Bueh", pienso. "En realidad ya tengo suficientes cosas de las que preocuparme."
Todo esto de volver al colegio me empieza a hacer ilusión. Porque me veo como muy profe, hasta un poco papi algunas veces. El otro día me decía uno de los niños que se alegraba mucho que yo estuviera ahí. Que antes siempre que tenía un problema se encontraba perdido, pero que ahora sabía que podía contar conmigo. Y yo sonreí. Porque me gusta ver sonreir a la gente. Y me gusta mucho más si yo he tenido algo que ver.
Total. Para el trabajo que me ha costado ayudarle, el premio de verle feliz es mucho más que suficiente.
Espero que no suceda que, por ir de salvador del mundo, acabe yo crucificado en el camino.