Que no se diga que no lo he intentado: filete a la plancha (sin sal), ensalada de tomate, cebolla y zanahoria, con dos cucharaditas de aceite y pimienta (ergo sin sal). Un litro de agua.
Diox, estaba malísimo. Todo sabía a papel (sin sal). No puedo. Renuncié. Me acabé la comida y de merendar me tomé una tostada de filadelfia con salmón marinado made in yo. No hace falta describir la diferencia.
A la hora de la cena (si uno cenara a las 10, pero yo ya me había tomado un sandwich) llama a la puerta la nueva novia de mi jefe: quiere que esté en una doble cita que han organizado, pero desde mi punto de vista sobro por todos lados, puesto que ya hay dos parejas. Lo típico: una amiga de ella (espectacular) y un amigo de él (ordinario, pero forrado: tiene una óptica). Al parecer, da la impresión de que es un descaro (lo es). Protesto. Insiste. Protesto de nuevo: «Es que va a ser muy violento». Responde: «Para ellos será menos violento si vienes tú».Yo acepto ir, pero no acepto el whisky ni la comida (estoy, ejem, a dieta). Me obligan a beber un vaso de vino mientras ellos empiezan con la cena de tres platos y dos postres. No creo que vaya a aguantar hasta el momento del postre: hablan en griego a toda velocidad, explicándome de vez en cuando por qué estan partidos de risa. Distingo los temas de conversación, de quién están hablando, cuánto ganan, lo mal que está el mundo. No puedo intervenir porque no sé exactamente a qué se refieren, ni me da tiempo a organizar una frase medio coherente en griego.
Me recuerda a cuando eres pequeño y te llevan a una cena con los amigos de tus padres. Entiendes vagamente palabras y frases de lo que están diciendo, pero no tienes nada con lo que intervenir. Así que pasas casi dos horas en silencio. Como si estuvieras castigado. Les he llevado un plato de salmón (recordemos, made in me) y al óptico le ha gustado. Me comenta: «Es que me gusta mucho el pescado. Así y a la plancha». Mi jefe comenta que no está mal para ser la primera vez que lo cocino. Le pregunto qué podría mejorar y no sabe qué decir. Dejo de preguntar.
Me he llevado tres gomas del pelo que voy enredando entre los dedos e intento sonreír cada vez que ella (espectacular, soltera) me mira. Decido irme, así que la miro un rato más para que no se me olvide cómo era. Y después, me voy. Excusa: no creo que aguante veros tomar esos postres que huelen tan bien. Mi jefe: «Pero tienes que probar mi pastel de queso». Sonrío y doy las buenas noches.
A las 23:53 ya estoy acostada. That's the real Saturday night fever: try to make it end as soon as possible. Creo que ya lo dije la semana pasada: a veces el fin de semana es un estado de ánimo. Intentaré olvidar los sueños de esta noche: si no lo consigo, los pondré por aquí... está siendo la mejor terapia.