"Y para qué voy a coger el ascensor este de mierda," - pensé cuando llegó a la quinta planta, después de haber esperado que subiera - "con el gusto que da andar hoy".
Hasta por las escaleras de Karlshof - hormigón y pintadas, cero glamour - era agradable andar hoy. En Berlín hacía un frío que se meaba la perra, como decimos en mi pueblo. Con copos de nieve como mi mano, y un airecillo helado que te insensibilizaba la cara.
A pesar de todas las penurias con el albergue y con el frío, Berlín es una ciudad preciosa. Se respira historia en sus calles. Evidentemente, se puede tocar la historia, cuando paseas por el kilómetro de muro que queda aún en pie; se le puede sacar dinero a la historia, como hacen en el Chekpoint Charlie, el paso de la Friedrich Straße que conserva aún la casetilla de los soldados americanos; y otras veces la historia la sientes, cuando en Berlín Zoo le das la vuelta a la iglesia y te das cuenta que sólo hay una fachada, porque a la nave le cayó una bomba en medio - o varias - y cayó entera.
Cosas que visitar, pero además con un montón de leyendas a sus hombros. Como la puerta de Brandenburgo, o el Reichtag. Que no sólo son arcos y edificios: son arcos y edificios desde los que soldados rusos disparaban escopetas para matar nazis.
Y como valor añadido, un montón de... Como el de Friedrich Straße Bahnhof. Pero como aquella vez con el chico del final de la barra, cruce de miradas, y fin.
Oh, en Berlín yo era el que más alemán sabía. Y el que se tenía que comunicar con los camareros y dependientes, y con los acomodadores del teatro - por cierto, la Berliner Philarmonique es un teatro increíblemente bonito, aparte de la mejor sala de conciertos de Europa -. Y podía. Estoy orgulloso de mí...
Las vacaciones en Berlín me han subido el ánimo, un poquillo. Que la gente que me rodeaba me lo había robado un poco últimamente. Y el fantástico tiempo que te permitía ir en manga de camisa con la bici, hoy - al fin, sin guantes - también anima, la verdad.
No quiero volverme a España, no quiero volverme a España, no quiero volverme a España.
Es que en mi época un poco regular me dio por echar de menos cosas estúpidas en España. De tener ese sentimiento estúpido de "estar perdiéndose cosas allí".
Allí nada va a cambiar, allí nada va a cambiar, allí nada va a cambiar.
Al menos este año. Ha sido un año muy bueno, porque parece que nadie se me va a esacapar. Y si se escapa, pues bueno, es de los que en un momento u otro se tenía que ir.
¿Y por qué estoy escribiendo eso ahora? Yo tenía este pensamiento estructurado: hablar del bonito día que ha hecho que me salga a dar vueltas con mi fantástica bici y meter un par de cuñas de Berlín. En fin, supongo que como muchas veces conecto las manos directamente con el cerebro, pues me paso por alto los esquemas previamente realizados. Supongo que es bueno y malo.
Tengo demasiadas ventanas de messenger como para poder escribir tranquilamente, en cualquier caso. Y sigue haciendo una noche estupenda ahí fuera.
Me vuelve a encantar Alemania.