No debería habértelo pedido.
el azúcar de mi café. Quizá porque en el trayecto de la cocina al salón el contenido de la taza sufrió un descenso brusco de la temperatura, probablemente causado por la ola de frío polar que azota mi casa desde que llegué. O antes. Así que, después de una taza de café amargo, me ha quedado un trago extremadamente dulce.
Si quieres no lo niego, pero no recuerdo que escuchara nada mal. Tampoco te diré que no había nada mal, porque en realidad el coro es un todo y es muy difícil percibir las desviaciones que se puedan producir.
Como sea, no recuerdo ni mi tic ni las miradas de ese famoso componente de Morior Ergo Sum. Le preguntaré. Pero la gente me felicitó, como siempre. Que qué bien sonaba, que qué bonito quedaba. Y yo, como siempre, les decía:
Felicitadlos a ellos, porque el mérito es suyo.
Que es lo que a día de hoy sigo pensando. Pero en fin, supongo que era más fácil felicitar a uno que a quince (¿llegábamos a quince?), quedar bien y fin.
Bah, pero yo sé que en el fondo sí que les gustaba de verdad.
Es curioso que no me acordara ayer, mientras te contaba lo del Gaudeamus, porque es uno de los micro traumas que tengo.
Y en realidad me acuerdo perfectamente. No sé qué me dio, pero mientras iba avanzando el acto, me iba haciendo más ilusión lo de subir con el coro. Y en realidad, y teniendo en cuenta la de cosas que pasaban en el colegio, no se me ocurrió qué pensarían los demás, ni nada por el estilo. Y me imaginaba que los demás cantarían. Y la que canté fui yo.
No te creas que no me dio vergüenza, (aunque fuera al bajar) porque en ese momento, y cuando me di cuenta de que lo había hech0 fatal, fue cuando se me vino encima la totalidad de las consecuencias que podría tener la frase "Sab, ¿podría subir yo también?"
Y por supuesto, se notó. Bueno, la gente seguramente no lo notó, pero yo noté la mirada de reojo de nuestro componente favorito de Morior Ergo Sum cuando me coloqué al lado de los chicos (¡donde había sitio! Error uno) y después cuando no acabé de encajar en un momento dado y vi que te daba un tic en el ojo, como el que muerde un hueso de aceituna cuando esperaba que fuera rellena.
Me he acordado muchas veces de ese tic, porque sé que tú no me sacarías el tema jamás. Pero está ahí. Me dejaste subir, y no lo hice bien. Decir lo siento sería una estupidez a estas alturas (lo siento, anyway, una estupidez más sí que no se nota). En realidad, no es ninguna tontería haberla cagado cuando tú confiabas en mí. Quizá era sólo una canción, pero era el Gaudeamus de tu coro en el acto del cole.
En todo caso, debemos alegrarnos, porque tras la feliz juventud y la molesta vejez, nos toca comer tierra...