Hoy había decidido salir a conocer gente. Dejar de esperar a que mi príncipe azul me toque un día en la puerta y hacer algo por buscarlo.
Cosas de la vida. Llegamos de las teterías y me encuentro con Palabra. Y con Palabra, él.
Saludé a Palabra y a su compañía, y cada uno continuó su camino. Entré con mis amigos a un pub que estaba justo al lado de donde encontré a Palabra y a él, pero al rato me aburrí. Y decidimos cambiar de sitio. Pero como no me convencía la (única) opción, regresé a casa.
Y cuando volví sólo a casa me di cuenta de lo mucho que me había gustado él.
Casi que me hice ilusiones. Era la primera vez que me hacía ilusiones que podían llegar a realizarse. Era la primera vez que no abogaba por un imposible. Era el comienzo de un tiempo nuevo. Así que decidí volver a salir. Salir de casa, pasar frío, sólo para verle a él.
Cuando llegué al sitio donde estaban Palabra y él estaban ya cerrando. Así que les pregunté que qué iban a hacer ahora. Y Palabra me dijo que...
no era un buen día para irnos de fiesta.
Que Palabra y él ya estaban ocupados, si ustedes me entienden. Y a mí se me cayó el mundo encima. Intenté mantener la sonrisa. Creo que incluso conseguí disimular que me derrumbaba por dentro. Que todas las ilusiones de este nuevo tiempo se venían abajo tan pronto como habían llegado.
Mañana voy a cenar al piso de Palabra. Lo peor es que seguro que estará él. Y seguro que seguirán estando ocupados. E iré a una cena en la que se me clavará un punzón cada vez que los vea cogidos de la mano.