Me hace incluso gracia ver cómo en un momento, en un instante ínfimo de tiempo, han demolido todas mis ilusiones. Ya no hablo de las ilusiones de estar con Ángel, ni siquiera de ver a Ángel ni nada por el estilo. No son ese tipo de ilusiones las que me han robado.
Porque esta noche se acaban de caer todas las cosas por las que yo luchaba. Porque me han confirmado (en realidad ya lo sabía, pero no quería creérmelo) que el hecho de que yo abogue por una cosa o por otra carece totalmente de sentido. Porque puede venir alguien de arriba y tirarlo con una sola frase.
Esta noche, por primera vez, quisiera irme del colegio en el que vivo. Yo pensaba que podía conseguir un poquito de justicia, de igualdad, de entendimiento... esos ideales que siempre se ven lejanos en lontananza, pero que cada día, con la ilusión que le ponía, veía un poquito más cerca. Pero ahora me cuentan que esos ideales en los que yo creía, esa justicia por la que luchaba, no era más que una ilusión.
Porque, al fin y al cabo, los que mandan son los que tienen la última palabra. Y a veces los de abajo no nos enteramos de esa última palabra. Muchas veces no nos enteramos porque ellos no quieren. Así seguimos luchando por algo que no existe; aunque nosotros no seamos conscientes de lo incorpóreo, inútil e improductivo que resulta nuestro trabajo en realidad.