No sé qué se puede contar ahora. Os contaría mis desdichas informáticas (como mi antigua impresora, como la nueva, como el rollo interminable del teclado y los problemas de intentar pasar de Word a LaTeX documentos largos en varios idiomas y codificaciones, como intentar encontrar unos subtítulos y un proyector de los mismos sin encontrarme continuamente en callejones sin salida... algo como todo eso) pero creo que no es el momento.
Ayer salieron algunas de las fotos. Cada vez que me apetece puedo mirarlas, salgo de traje (con el traje), con una sonrisa que se me caen las orejas. Por supuesto no se pueden ver, y me da mucha rabia que tenga que ser así (soy del tipo de persona que si ya te ha comprado el regalo no puede esperar a dártelo en tu cumpleaños). Pero sin duda es mejor así. Por mucha rabia que me dé.
Ayer me di un trastazo en el meñique de un pie y hoy lo tengo lila, después de haberme roto la uña del meñique del otro el día anterior y el anterior del dedo gordo. Es sorprendente cómo puedo seguir caminando después de esto, y uno se pregunta si no será hora ya de ir poniéndose zapatos de invierno (tiembla, camper). Pero aquí sigue sin hacer frío. Creo que será algo más rallante (¿rayante?) cuando llegue noviembre.
El pensamiento filosófico del día no lo pongo yo, sino él:
A mí Dostoyevsky no me aporta nada: yo ya tengo mi filosofía de la vida, ya tengo las cosas muy pensadas. Él cuenta su filosofía incluida dentro de la historia, pero claro, la historia sufre y no es tan buena como podría serlo. A mí me va más que me cuenten buenas historias, bien contadas, como Pérez Reverte. Llevo pensando todo el día, y leo un libro para entretenerme, para descansar, un libro que otro se ha calentado la cabeza para escribir.