Sí. Escribo hoy por primera vez en mucho tiempo. Cosas de mi conexión a internet. Intuyo que con el tema del tesoro antes explicado se sucederán una serie de posts monotema. Espero que esta nueva etapa no sea peor que la última (en la que no escribí nada durante una semana).
Al final basta una sola sonrisa, un momento en compañía de Ángel para que toda mi vida se arregle.
He decidido llamarle Ángel. No se llama así, evidentemente. Al igual que Lucille y Sabaoth (los autores del presente hotel Atlantis) no son más que seudónimos. Y he decidido llamarle Ángel a este mi tesoro por diversas razones.
Bueno, en principio pensé en llamarle mi ángel, así en genérico. Pero claro, mi ángel ya es el otro propietario de este diario. Y he pensado que Ángel es un nombre bonito. Y además, esta persona en concreto me recuerda a un ángel. Y es como si aliviara el peso de mi tristeza cuando está conmigo. Por eso es un ángel. Mi Ángel.
Como decía, basta una sonrisa de Ángel para que todo vuelva a la normalidad. Para que la felicidad me embargue de nuevo. Esto suena demasiado cursi incluso para un pensamiento filosófico en un diario... Sé que suena estúpido. Pero es como si todo estuviera oscuro y la luz reapareciera cuando paso un rato con Ángel. Y sé que soy estúpido. Que me estoy dejando llevar por esta obsesión que sería relativamente controlable si lo intentara. Pero es que a veces me da la impresión de que yo fuera un niño, y que este fuera mi juego. Y que aunque sé que me puedo hacer daño, porque es un juego peligroso, quiero jugar.
Sé que mi futuro no pasa por Ángel. Que es un capricho estúpido, como cualquier otro. Un capricho irrealizable, por otro lado. Y que sería mucho más práctico invertir mis fuerzas en algo o alguien que me diera garantias de poder hacerme feliz. Pero... cuando lo veo venir, a lo lejos; o cuando llego a un sitio y está Ángel, de repente se me olvidan todas estas reflexiones prácticas y la ilusión me llena. Y disfruto tanto de esos momentos en los que lo tengo cerca que sería capaz de firmar una vida llena de tristeza y sufrimiento por tener de vez en cuando la mirada de Ángel.
A veces me asusto. Acabo de escribir que daría la vida por una mirada, o por una sonrisa. Lo peor es que aún siendo perfectamente consciente de lo que he escrito, sigo pensando igual.