Y cuántas cosas han pasado.
Pasaba por Atlantis y lo miraba, como si aquéllo ya no fuera mío. Vale, será dramático, pero era lo que sentía cuando se abria mi página de inicio. Pensaba que ya no me aptecía contar cosas. Y tenía la esperanza de que al día siguiente, cuando me volviera a conectar, sí tendría ganas de contar lo que me estaba pasando. Porque en el fondo era importante. O al menos, era lo suficientemente importante como para que Atlantis lo supiera. Pero pasaba un día, y otro, y otro... y nunca tenía ganas. Y al final, dejaba de ser importante. O se me olvidaba. Supongo que el efecto era el mismo.
Últimamente mi vida es un poco extraña. Volví a a casa, allí donde se supone que no estoy a gusto. Y estaba a gusto. Me fui de Granada. Allí donde se supone que tenía mi vida. Y me sentía como si mi vida allí ya no existiera.
Los acontecimientos acaecidos a lo largo de este último cuatrimestre han contribuido a que mi vida en Granada sea cada vez más difusa. Me caí de cabeza en la vorágine, NdelT. Y me mareé. Y cuando me quise dar cuenta, ya estábamos en mayo. Pero me había gustado aquéllo de la vorágine granadina. Siempre siendo consciente de ello. Siempre siendo consecuente con ello. De lo que no era consciente era de que mi vida, como antes he dicho, se volvía difusa por momentos. Ya no tenía una única cosa a la que agarrarme. Tenía muchas cosas a las que agarrarme. Pero quien mucho abarca... al final resultó que nada lo ataba - sí, es mi versión del refrán, adaptada a la situación -.
No sé.
He usado esa frase que usa mucho la gente y que me hace pensar que la gente está hecha un lío, que se está dando cuenta y que te estás dando cuenta; y que te ponen esa frase para justificarse. Es que, realmente, estoy hecho un lío. Veamos, sé lo que tengo que hacer ahora. Pero no sé qué ha pasado este cuatrimestre. Se me ha ido un poco la cabeza, la verdad. Demasiada diversión para lo que mi cuerpo estaba acostumbrado. Y por eso, tengo un poco difuminado lo que yo tengo en Granada. Estaba en mil sitios a la vez, intentando siempre aprovechar al máximo mi tiempo. Aprovechar todos los minutos y...
No sé. De nuevo.
Da un poco igual. La consecuencia es que tendré que estudiar algo este verano. Y qué. Al fin y al cabo, en la aldea me aburría. O al menos, así era antes.
Sí, me aburro. Otra cosa es que ahora esté a gusto en mi casa, con mis padres y con mis amigos. Pero me sigo aburriendo.
La semana que viene, el viernes, empiezan las fiestas del pueblo. Aquéllas fiestas famosas que me hicieron volverme del camino de Santiago en su momento. Pero estas fiestas, viene mi niño, el de Cartagena. Llegará, según me ha asegurado, el 26 de julio, día de Santa Ana y San Joaquín, patrones del pueblo. El día de mi santo. El día del cumpleaños de Noséloquequiero. Dos años y tres días, si mal no recuerdo, de aquél 23 de julio en el que abandoné mi camino de Santiago, mi camino con él, por venirme a las fiestas. Qué cosas... como si esto pudiera perdonar un poco aquéllo. Y en el fondo, seguro que lo hace.
Viene porque no nos vamos a ver en mucho tiempo. Yo sé que a Lucille le hace mucha ilusión, pero no creo que pueda irme a cartagineses este año. Me voy a Alemania el 28 de septiembre, y mis padres quieren verme. Y supongo que es algo que quiero concederles. Por ello tengo que minimizar las estancias fuera de casa.
Dijo esto el mismo tipo que se buscó un curso de alemán en julio y otro en septiembre para pasar el mayor tiempo posible del verano en Granada... a veces parezco tontito. O al menos, un poco inconsistente en lo que hago.
Como decía, viene mi niño. Alégrome y congratúlome. Y a la vuelta he pensado en acercarle a Cartagena. Y así, de paso que le ahorro un viaje, voy a ver a Lucille. Y paso el fin de semana prometido en su casa de cristal.
Y a la vuelta... bueno, se me había ocurrido un plan para la vuelta. Que me hacía ilusión. Y es que hacía tiempo que no me ilusionaba. Hacía tiempo que nadie me había dado razones para que me ilusionara. Y ahora que parece que las tenía, se me han escapado... O al menos veo que se me escapan.
Ya sabéis, son estas cosas extrañas que se me pasan por la cabeza cuando me ilusiono.
P.D.: tengo un pacto con Lucille. Yo escribo, ella responde. No sé si es esto último lo que me ha empujado a escribir, o lo de los dos párrafos anteriores. Qué cosas... empiezo a pensar que eso es lo único que mueve mi vida.