Parece una frase de un periodista dando el parte meteorológico. Pero es una buena metáfora de lo que son estos días. Las cosas están un poco alteradas. Mañana no dormiré en casa, porque tengo mi (único) examen de septiembre el próximo lunes a las 9. Y no es plan de levantarse a las 7 y conducir una hora entre el sueño y los nervios.
Pues eso. Mañana se revolverán un poquito las cosas. Y esto no es otra cosa que el preludio del futuro más inmediato. Esta semana siguiente, si salen las cosas bien, saldré de viaje. Y estaré fuera cuatro días. Volveré justo a Granada el primer día de coleg... Oh, por cierto. Vivo en un colegio mayor.
Lo cual supone un número n (n pertenece al conjunto de los números naturales) indefinido y grande de cambios cada año al llegar. Gente nueva, probablemente cuarto nuevo, curso académico nuevo, nuevas asignaturas, nuevas actividades... Quizá sea que ya se aproxima todo esto lo que me hace estar algo impaciente por el cambio de mañana.
A veces, a estas alturas del año, me entra un poco de miedo. Por no saber cómo van a evolucionar las cosas. No es que me coma la cabeza pensando todo el árbol de posibilidades que se abre ante mí; ni me paso las horas intentando pensar cómo controlar estas posibles situaciones. No soy de ese tipo de personas, que se preocupan más del futuro que del momento en el que viven - lo cual no es necesariamente malo.
Pero me consuelo pensando que tengo cosas que nunca cambiarán. O que será muy difícil que lo hagan. O que, si cambian, será relativamente fácil recuperarlas. No sé porqué pienso que tengo cosas inmutables... en realidad no podría demostrar que lo fueran.
Lo único que puedo alegar como razón para creerlo así es que... eu... podría... hm...
es como si sintiera que tengo un ángel que las vigila.