ha sido relativamente traumático

ver a un hombre que se había caído desde un balcón cuando iba andando de camino a la escuela.

Escuché como si una botella se hubiera caído del bloque de pisos y se hubiera roto. Y entonces, al mirar hacia el lugar del impacto, vi a un hombre que yacía boca arriba, en pantalón corto y camiseta.

Era una calle un poco desierta, en frente de un descampado, y la imagen del hombre allí tirado era... escalofriante, aterradora y asoladora. Me acerqué como si el pobre señor fuera una bomba que estuviera a punto de explotar. Igual hicieron los del coche de la autoescuela que pasaba, igual hicieron los obreros que estaban limpiando la alcantarilla. No es que le echara sangre fría al asunto, es que tenía la sangre helada.

En ese momento se me olvidó que era socorrista. En ese momento, cuando vi al hombre descompuesto, con los ojos abiertos, inconsciente, y echando baba por la boca, yo quería llorar o desaparecer. La espalda arqueada, los brazos exetndidos, las piernas retorcidas y deformadas y cortes en los pies. Ni rastro de sangre en el suelo. Unos pantalones cerca, un llavero... Sólo Dios sabe que hacía ese hombre antes de caer sin soltar un grito.

A los pocos segundos, salieron unos médicos, enfermeras y señores de la cruz roja que estaban en un centro de hemodiálisis situado a cinco metros escasos de donde había caído este hombre. Los médicos y las enfermeras se pusieron a atenderlo. Yo estaba a punto de decir lo que tenía que haber dicho: "Soy socorrista, ¿puedo ayudarles en algo?" Pero al ver que había mucha gente cualificada allí, y olvidando lo que nos dijeron en el curso ("los médicos a veces saben menos de primeros auxilios que un socorrista"), marché. Con la sangre helada. Con pánico. Conmocionado, asustado. En un estado de nervios que no me hubiera permitido hacer nada.

Me fui a clase, sintiéndome muy cobarde. Con el remordimiento de "me tenía que haber quedado, tenía que haber esperado a que llegara la ambulancia". Consecuentemente, no me enteré de nada en clase. Y luego, después de contarle a mis compañeros por qué había estado blanco toda la clase de procesadores de lenguajes, me fui a casa. No estaba para aguantar a otro profesor mientras tenía la imagen de ese hombre de unos treinta años descompuesto en el suelo en mi cabeza.

Y me fui a casa. Por el camino, en casa de mi tía, me tomé un zumo. Llegué a casa y conté lo que había sucedido a Mami. Me sentía como si ni yo mismo me creyera lo que estaba contando. Y me pasé toda la tarde durmiendo, con pesadillas. Y ni cuando estaba en el supermercado, ni en el concierto de la sinfónica del conservatorio, se me ha ido de la cabeza. Tenía miedo de ir por la calle. Me ha dado más miedo que nunca cruzar el paso de peatones.

Y ahora tengo miedo de no dormir bien. Ver a alguien tan cerca de la muerte así por casualidad no es una experiencia que le recomendaría a nadie.

Hoy ha sido un día horrible.

sabaoth, 25th March 2004, Thursday, [19:06-19:19] @ un poco antes de dormir... con un poco de miedo a dormir