Pues bien, resumo.
Como sabes, y si no te lo he contado ahí va, antes de este fin de semana yo sufría de ansiedad. Porque llevaba una semana sin tener noticias de este niño. Vamos, que ni mensajes ni econtrármelo ni responderme al teléfono ni una llamada perdida ni nada. Cero. Con lo cual yo me estaba empezando a mosquear, como claramente le dije en una nota que le dejé en su casa el jueves. Mosqueado, que no dolido, por lo que me parecía una falta de respeto no a mí porque estuviera con él - que al fin y al cabo le conocía desde hacía más bien poco - si no a cualquier persona en general. Nota por otra parte muy suave y muy equilibrada. Lo suficientemente dura como para que supiera que estaba molesto y no quedar mal si no quería verme, lo suficientemente agradable como para que supiera que seguía queriendo verle en caso contrario.
En cualquier maleta (in any case) me sentía un poco pardillo. Imbécil, hablando en plata. Porque resulta que había estado intentando contactar con él una semana sin ningún fruto. Y si resultaba que no le apetecía seguir conmigo, yo estaba quedando muy mal. Y si resultaba que le apetecía seguir conmigo, ¿a qué coño estaba jugando?
Como no respondía, mis intenciones pasaron de querer quedar con él a querer hablar con él. No para pedirle explicaciones, porque entre otras cosas tampoco teníamos una gran relacion de forma que yo tuviera derecho a pedirle explicaciones. Pero sí para hablar y solucionar malentendidos de forma adulta. No habíamos tenido ningún problema, y me parecía absurdo que no pudieramos hablar de lo que fuera. Por estos motivos, y con la excusa de que yo estaba llevando la venta del disco duro del Herrero al compañero de piso de este niño, me pasé un par de veces por su casa. Por si le encontraba allí.
Y con esto llegamos a la parte de la historia de ayer por la mañana. Pasé por su casa, por el tema de la venta del disco duro. Estaban todas las ventanas abiertas. Incluso la de su cuarto. Pero nadie abrió. Marché, y cuando llegué a casa, a los diez minutos, recibí un mensaje. Adivina de quién era.
Y me decía que necesitaba tiempo para pensar. Que le dejara que fuera él quien me llamara. Y que un beso. A lo cual yo respondí que sentía haberle molestado llamándole, que no se me había ocurrido que no quisiera verme, puesto que nunca me había dado razones para pensar lo anterior. Que pensara, que yo le iba a dejar tranquilo. Y que un abrazo.
Adicionalmente le dije que me tendría que pasar por su casa para lo del disco duro, que sentía invadir su casa, pero que ya me había comprometido con su compañero antes de saber nada de eso. Que le avisaría cuando me fuera a pasar para que se lo dijera a su compañero y para que él lo supiera, y actuara en consecuencia.
Como tras esto me estuve comiendo la cabeza, y ahora que sabía que estaba al lado del teléfono, le llamé. Porque quería decirle que quería hablar con él, que no entendía a qué estaba jugando pero que me gustaría hablar a la cara, de lo que fuera, pero no por mensajitos. No me lo cogió, incluso después de mandarle un mensaje diciéndole que hiciera el favor de coger el teléfono, que sólo quería decirle un par de cosas que eran un poco largas de contar por mensaje. Así que, resignado, le envié un último mensaje diciéndole: "Tú ganas. No te volveré a llamar. Piensa si quieres seguir conmigo o no. Sólo te pido que cuando te decidas me lo cuentes en persona." No estoy seguro de cómo me despedí de él. No sé si dije un seco "cuídate" o utilicé el vocativo "rey", por el que solía llamarle. En cualquier caso, no obtuve respuesta.
Entonces centré mis esfuerzos en llenar mi vida de asuntos y tareas que hacer. Hacerme el disfraz, comer con Fruta de la huerta y el Herrero, ayudar con el disfraz a la gente, disfrazarme, hablar con la Pianista (este es otro tema...), bailar, hacer vida social, ir al mirador de San Nicolás...
Y resulta que haciendo vida social y saliendo a la calle para no pensar en él y en sus historias, voy y me lo encuentro. Macho, ni a propósito. Resulta que estaba yo en el mirador de San Nicolás allí tocando la flauta y la guitarra. Estaba aquello de gente hasta los bordes. Y entonces me parece ver a una amiga de Rey (este niño). Con lo que me levanto, voy tras ella y grito su nombre un par de veces. Se vuelve y hago el típico saludo de cortesía, hablando poco menos que del tiempo. Y cuando voy de regreso a donde estaba mi grupo... me lo encuentro. En ese momento es cuando me di cuenta de que me podría ganar la vida de actor. Porque la naturalidad con la que yo empecé a hablar de la fiesta de carnavales del día anterior y de mi disfraz de elfo/señor-de-la-torre fue aplastante. Y ante su respuesta de "qui forte, encontrarte aquí", le dije con una sonrisa que creía que tenía que hablar con él. Y él me dijo que tenía que hablar conmigo. Me contó que iba a pillar algo de comer, y tal. Me despedí con un "bueno, ahora nos veremos... si vuelves, claro; porque no me extrañaría que no lo hicieras". Tras asegurarme que sí volvería, se marcho. Y me dejó, claro está, con la ansiedad típica de una situación relativamente violenta, y con mi pinza en el estómago.
Tras estar controlando un rato si venía, si no venía, si aparecía o si se había marchado, y dando una vuelta de reconocimiento disimulada con la conversación de La Señora de la Torre (mi cómplice en el reconocimiento), advertí que había vuelto, y que no tenía intención de hablar conmigo. Porque se estaba marchando (el muy cabrón) y cuando se iban él y sus amigos, y haciendo caso omiso del consejo de mi cómplice, me acerqué. Saludé cordialmente a su hermano - una persona muy agradable, por otro lado - y una vez el saludo pertinente le comenté lo de el disco duro de su compañero. Inteligentemente - me parece que su hermano le lleva unos cuantos años no sólo en edad sino también en inteligencia social - su hermano se retiró. Y cuando estuvimos solos, le dije lo que le tenía que decir.
Que tenía que hablar con él. Que ni podía ni pretendía pedirle explicaciones. Que sólo quería hablar las cosas de forma adulta, para no estropear algo que había terminado bien. Que me parecía una tontería que por una estupidez así no pudiéramos terminar bien. Que me parecía una falta de educación lo que me había hecho. Que si yo era un capricho transitorio o que si ya no le gustaba, podía asumirlo, que no se me terminaba el mundo. Pero que no me gustaba cómo estaba tratando de evitar encontrarse conmigo.
Dijo que no era tan simple. Que la situación era más compleja que eso. Que él era el culpable de todo lo que había pasado y que tenía que hablar conmigo, pero que no en ese momento.
Complicado el asunto o no, yo decidí... poner el asunto más difícil aún. Le conté que este momento me tenía esperando, por lo que te relato a continuación. Actuando - bastante bien otra vez, por cierto - e inventándome la trola del siglo le dije que yo ahora mismo podía volver con un ex mío superlindo del que ya le había hablado alguna vez (que tú y yo conocemos) que ahora está con una chica. Le conté que yo había estado muy bien con él (con Rey), y que pasado un tiempo podría llegar a quererle igual que quise a mi ex. Pero que sabía que mi ex me había querido, y que si jugaba bien mis cartas podría volver con él (con mi ex), y caminar de nuevo sobre seguro. Con lo cual, estaba ante dos caminos, y para decidirme, me hacía falta que se decidiera. O que me dijera lo que estaba pasando.
Y se le cambió la cara. Como cuando le dije que había visto a un chico supermono que iba con un amigo mío por San Juan de Dios. Y me contestó: "no te voy a pedir que no vuelvas con él".
No sé porqué me dijo eso. No sé porqué me dijo que llevaba mi carta en el bolsillo, la que le dejé el jueves pasado diciéndole que no me gustaba cómo se estaba comportando, en la que le dije por primera vez algo negativo. No sé a qué narices está jugando. No sé a qué narices viene tanto misterio. No sé lo que va a pasar. Pero es que ni siquiera quiero planteármelo.
Y como no lo sé, y como mecanismo de protección, me pongo en el caso peor. Con lo cual, la situación sólo podría mejorar. De este modo, para mí, oficialmente, lo mío con Rey ha terminado. Me ha dejado. No le gusto, o no me quiere, o no le apetece o compensa estar conmigo. El efecto global es el mismo: no estoy ni voy a estar con él.
Que pueda o no seguir siendo amigo suyo (tema que está íntimamente relacionado con el hecho de que se digne a hablar conmigo o no), es cuestión aparte. En este aspecto ya entra en juego mi filosofía sobre la amistad. A mí amigos no me faltan. Si alguien no quiere ser amigo mío, más pierde él. Para mí el mundo no se termina porque a alguien no le apetezca pasar su tiempo conmigo. Seguro que puedo encontrar a alguien igual o más interesante y que sí sepa apreciar mi compañía.
Del último párrafo se deduce fácilmente que ni siquiera espero que me llame para hablar. Si sucede, bien. Si no, también. De hecho; si no, a tomar por culo.
Sin embargo, me quedo con lo bueno de todo lo que ha sucedido. Seamos positivos: me interesó este niño, y me lo curré. Llegué, ví, vencí. Ha sido un tiempo estupendo. Lo he pasado muy bien con Rey. Fue especial la manera de conocerle, fue precioso cuando le conocí, fueron muy hermosos los momentos que pasé con él. Si no puede continuar, mala suerte. Otro amor vendrá. Mejor aún, quién sabe.
Cuando una relación se termina nadie pierde. Sólo se ganan buenos momentos, historias bonitas y hermosos recuerdos. Nadie pierde, porque no sabemos qué será lo siguiente. Sólo con el tiempo sabremos si fue mejor o peor que se terminara. Y es que, en general, las cosas tienden a arreglarse con el tiempo.
Sólo pierde el que se siente perdedor.