Ayer no podía escribir. Se me paralizaba la mano de dolor. Ni siquiera podía usar la pantalla táctil del ratón. Y tenía que escribir aquí, en el weblog. Hoy me sigue doliendo, pero no tanto. Apoyo el brazo en la carpeta de discos de las Supernenas, que está moderadamente blandita, y puedo hacer cosas: un poco de Photoshop, esto, y espero que algo de Dreamweaver después... No es para tomárselo a risa, porque mi trabajo discurre delante de un ordenador. Y si no puedo usar la derecha es imposible trabajar. Al menos, a un ritmo que me permita vivir de ello.
Y también resulta que ahora me comunico con el teclado. Y oí un grito por la pantalla, un grito de ayuda. Los ángeles tenemos otros ángeles a los que proteger. Y no pude hacer nada.
Como en la pesadilla de las toallas, mi miedo es siempre llegar demasiado tarde.