Nunca, nunca, nunca más trabajar en un guardarropa. Y a ser posible, salir sin chaqueta. Hasta en Montreal. En invierno.
es cierto, tengo que hablar contigo, porque... eso, porque tengo que hablar contigo.
¿Hablar conmigo? ¿Trabajar en un guardarropa? Tengo cosas que solucionar y sólo me queda un examen... aclarar todo este follón se merece un pensamiento en toda regla.
Argh. Al final suspenderé redes.
A veces no basta más que una palabra mal colocada para que alguien por quien darías la vida se ofenda. Y lo mejor es que nosotros, tristes humanos, no lo advertimos siquiera. Podemos hacerlo y quedarnos tan anchos.
Y luego, al cabo de un rato, pensarnos si aquéllo se merecía una disculpa. Y comernos el orgullo y comernos un montón de cosas más, plantarte ante la otra persona y decir que lo sientes sin estar del todo convencido de que eso se merezca pedir perdón. Y que entonces esa persona te diga que le había dolido. Y alegrarte entonces de haberte comido el estúpido orgullo. Y tener ganas de abrazar a esa persona que te dice con sólo mirarte que le ha dolido porque le importas.