mi casa vacía - en el mismo sitio I

Esta mañana me he despertado porque ha sonado el teléfono. Después del primer toque ha dejado de sonar, así que he pensado que alguien lo habría cogido.

Al levantarme, no había nadie en casa, y ha sido muy triste. Anoche estuve en el irc hasta las tres, y fue aún más triste. Pero esta mañana vengo a la Atlántida, y sonrío porque ninguna de las dos cosas tiene importancia.

Ayer firmé varios papeles de ese evento que conocéis. Fue muy solemne y no me lo esperaba. Nos hicieron preguntas de sí o no, y delante de testigos. Raro, raro. Especial. Increíble. Raro. Acojonante. Genial. Raro. ¡Estupendo!

Por supuesto mi testigo llegó tarde, y es que si en algo destaca Infer es en que siempre, siempre llega tarde por las razones más peregrinas. Cuando estábamos en el colegio y en el instituto, quedábamos con ella una hora antes del momento en el que pensábamos salir. Ella pasaba esa hora (sí, entera) duchándose, eligiendo la ropa y secándose el pelo. Quizá las demás habíamos pasado la tarde entera haciendo todo eso, pero ella tenía que hacerlo en ese momento. ¿Qué tiene que hacer una chica de 15 o 14 años, single, antes de dejarse ver por el pueblo durante hora y media como mucho? Obviamente, obsesionarse un poco con el tema apariencia. Pero como os cuento ahora y siempre dicen los Astrud, el mejor momento de las cosas es cuando no han pasado, porque luego todo lo que puede hacerse es recordarlo.

Los días en que decidíamos que era fiesta, o algo especial, pedíamos un chupito ¡cada una! El resto, en realidad, pasábamos todo el rato andando arriba y abajo, encontrándonos con gente. En el momento en el que se hacía la hora de entrar más o menos definitivamente en un sitio (nunca lo supe por la razón que paso a detallar) era mi hora de volver a casa.

Durante años (hasta COU, en que ya podía volver a las doce o incluso a la una) mi hora de volver (tema recurrente donde los haya, sin contar claro las limpiezas faciales o la virginidad) se encontró entre las 22:30 y las 23h. La explicación de mis padres siempre fue: nos fiamos de ti, pero de los demás no.

A continuación os cuento una batallita: si me conoces seguramente te la sabes, así que se puede saltar. Todavía estoy pensando en borrarla, pero bueno. Léase con voz cascada en plan abuelo Simpson:

Recuerdo un botellón (nosotros en realidad decíamos botelleo) que fue un tanto especial. No fue con mi grupo de amigas (aquel tiempo heredado del instituto en que todavía existían los grupos de chicas), sino con el grupo de amigos de M1. Para no liar las cosas, me referiré a estas maldiciones agridulces de ahora en adelante como M1, M2, M3, y M4. Así, en el instituto estaba M1, conocí a M2 en el Ángel Azul, M3 es rubia o eso dice, M4 me dio cero complicaciones. Bien, pues en ese grupo de amigos estaba Decibelios. Esa noche, y muchas después, afirmó hasta la saciedad que no entendía. Tanto, que comenzamos a sospechar seriamente. Tiempo más tarde estuve con él (¿los dos por las dudas?). También la novia de una amiga, cuando ambas dos estábamos saliendo con ambos dos. Bueno, pues en este botellón se besaron este chico con un amigo suyo y yo con M1, pero claro, allí no estaba pasando nada, viva el whisky, ho, ho, ho, mira a mi novia (dijo M1), serás maricón, ja, ja, dame otro, pasa el whisky, apártate que viene el tren.

Lo siento, la historia no tiene moraleja: son sólo recuerdos sueltos. Es que me resulta un tanto extraño pensar que todas esas cosas sucedieran aquí, aquí mismo, en el mismo sitio en que Infer llegó tarde para ser testigo y firmar los papeles, el mismo sitio en el que esta tarde me pondrán el teléfono de mi casa. El mismo lugar en el que yo estaba colada por el testigo de Yanlu; el mismo lugar en el que Infer y yo nos peleamos por ese chico de la foto del escaparate, ése que mira sus ojos verdes de niño malo a la chica de blanco; el mismo sitio cutre en el que Infer y yo nos tomábamos un chupito por mes, y ahora pedimos dos cervezas porque todavía es por la tarde; el mismo sitio en que la gente tenía que aparentar estar borracha junto a las vías del tren para besar un segundo a quien le diera la gana; el mismo sitio en el que la madre de M1 pidió a los profesores del instituto que me vigilaran para que no me acercara a su hija, cuando hacía un año que habíamos roto; el mismo sitio en que, en la sala de tutorías, la jefa de estudios me dijo que nunca dejara nada por escrito.

Esta historia no tiene moraleja, pero sí grito final. Que os jodan. Por escrito.

lucille, 08th January 2004, Thursday, [05:36-06:08] @ en casa