por qué narices nuestra felicidad depende tanto de la gente que nos rodea. Bueno, de la gente que nos rodea, y de la gente que nos gustaría que nos rodeara y está un poco más lejos de la cuenta.
Es además increíble lo que nos esforzamos en mejorar nuestra posición respecto de esta gente. Que nos quieran más, que nos llamen más, que nos miren más o que nos hablen más de lo que ya lo hacen. Si es que hacen alguna de esas cosas en absoluto, claro.
Me empeño, me empeño muchísimo algunas veces. Invierto todas mis fuerzas. Gasto mis engerías. Dedico todo mi tiempo. Todo para conseguir alguna de las cosas anteriores. Disimuladamente, por supuesto. Está de más mencionar que además lo hago con clase y elegancia. Que llamar la atención es vulgar, y de niños pequeños.
A veces me veo a mí mismo maquinando argucias que no parecen tal, y me pregunto si alguna vez dejaré de darme cuenta de que planeo planear a los demás, y empezaré a hacerlo de forma inconsciente. Bueno, que no es que yo me considere capaz de manipular a nadie. Más bien al contrario. Me pregunto si acabaré sometido a mi alter ego maquiavélico, convirtiendo algo que hago con buena intención en una necesidad irracional de hacer que la gente sea y haga lo que yo quiera.
Vale, me acabo de dar cuenta que he exagerado un montón.
Pero es verdad. Me esfuerzo. Hago planes. Intento que la gente se coloque en el tablero para mi partida. Y joder, a veces me sale.
No se trata de ser feliz a costa de los demás. Más bien al contrario. Los cuidas, los mimas, y te los guardas cerca. Para cuando vengan malos tiempos para ti.
Verás, que al final va a resultar que las relaciones interpersonales son como una cuenta de ahorro.