Sí, tíos, a mí. No, yo tampoco me lo puedo creer. ¡A mí! ¡Guardias, a mí! ¡Guardias, a él!
Perdonad que no haya escrito antes pero estaba borracha en una terraza gay.
En fin, aquí estoy, morning after del despido y de los gin-tonics, y tengo que ir a la oficina a ir cerrando cabos sueltos (hasta el martes que viene).
En resumen, a la peña le gusta lo bueno pero no le gusta pagarlo.
Tío, me ha dicho mentirosa y tonta. Te juro que casi lo mato, pero allí estaba yo, en mi silla, con cara de póker. Ahora, cuando me dijo lo de "la enfermedad esa que tú dices que tienes" vamos, casi... casi lloro, y él susurró:
Explota... venga, explota.
Y, curiosamente, así conseguí tragármelo todo. Y dije, ya más calmada:
No... me puedo... creer que me digas esto.
Que era en verdad lo que estaba sintiendo (aparte de las ganas de matarle).
Y así están las cosas, amiguitos.
Para bien. Síp.