Siempre que algo se termina lo acabo comparando con lo que tuve con él, tarde o temprano. Es como si nunca se hubiera ido, a pesar de que todo sucediera hace ya siete años. Siete años, nada más y nada menos. Siete años para olvidar las cosas malas. Siete años recordando las cosas buenas.
Esta noche me lo he encontrado, tan radiante como siempre. Casualmente habíamos quedado para comer mañana. No lo veo en dos meses y ahora me lo encuentro en el Playmobil.
Lo he tenido muy cerca. Como homenajeando el día en que le besé, tumbado más o menos donde estoy ahora, siete años atrás.
Me pregunto si él se acuerda de mí igual que yo me acuerdo de él. Aunque hayan pasado siete años.
Hace un tiempo que quiero escribir, y hace un tiempo que quiero contar estos dos sueños. No sé si merecen estrenar la casa nueva de Atlantis, pero cuando escribí lo de la galleta creo que tampoco lo sabía.
El primero ocurre en tiempos de la antigua Roma, la serie. La mujer de Lucius Vorenus, Níobe, habla con una amiga reclinada en una tetería, taberna, o algo así. Yo llevo una bandeja con copas de vino (que son las de la cristalería de mi casa). Cuando voy a servir las copas, le doy con el pecho a una de ellas y se cae, ¡mierda, que no se rompa! (Valen una pasta, las copas). Pero el vino se derrama entre las dos mesas, y cae sobre la pierna y el pie de Níobe, envueltos en una sandalia romana de tiras de cuero, de donde yo lo bebo.
Mientras, al fondo del local, Zor trabaja en algo con una rueda de piedra, trozos de madera y cuero. Va probando ruiditos, quizá vaya a ser hidráulico. Níobe protesta: «¡Dile a ése que deje de hacer ruido de una vez!». Yo me levanto y le respondo, muy indignada: «¡Si le dejas trabajar en paz, construirá algo que hará música incluso cuando él no esté!».
Ahí acaba el sueño, en el que Zor es DJ de clubs BDSM incluso en la Roma antigua.
En el sueño siguiente (unos días más tarde) nos vamos a navegar a Malasia en el avión privado de su hermano. Por dentro parece un vagón restaurante de un tren clásico. Aunque los asientos son de primera clase, de avión, y de cuero beige, están dispuestos de dos en dos con una mesa con mantel enmedio. Vamos comiendo, o de sobremesa, hasta que llegamos y aparecemos prácticamente ya en el puerto, en el barco. Es un barco muy fino, como un catamarán con una sola base, y me cuesta mantener el equilibrio. Hace un día gris, y al parecer sólo podemos sacar el barco por el puerto porque nuestro plan improvisado no había tenido en cuenta que estamos en temporada de tifones. Es mala idea navegar con tifones, así que después de un rato decidimos volver. A la entrada del avión, en una de las mesas, está Eris de pequeña. Quizá tenga once años. Delante de ella hay un plato que tiene una gran montaña de pan integral tostado con tomate y aceite. Yo cojo unas cuantas tostadas para llevarlas a mi mesa, y la Eris pequeña me regaña: «Eh, no te las lleves todas».
El sueño acaba y me despierto feliz y relajada, porque me encanta navegar en Malasia.
Aunque en realidad nunca he ido.
Mi madre me ha dicho esta mañana: tu trabajo es hacer que la gente se entienda.
Me gusta la idea. Quizá tenga razón.
Las palabras son capaces de crear y destruir sentimientos, personas y mundos enteros.
No es que Atlantis Reloaded merezca tus palabras, es que las necesita para vivir. Por otra parte, da mucha alegría verlas de nuevo, después de tanto tiempo.